Primero llegó una niña que vivía el mundo de otra manera.
Cuando mi primera hija era pequeña, empezamos a notar que las amistades parecían resultarle más difíciles que a las otras niñas que la rodeaban. Había malentendidos, situaciones sociales que salían mal y momentos en los que se quedaba confundida porque sinceramente no entendía por qué algo había terminado así.
Con el tiempo, recibió un diagnóstico de TDAH y rasgos autistas. El diagnóstico nos ayudó a comprender mejor lo que estaba viviendo. Pero también me hizo notar otra cosa: ¿dónde estaban las niñas como ella en los libros que leíamos?
Podía encontrar historias sobre muchos tipos de niños, pero encontrar a una niña cuyo cerebro funcionara de manera diferente — sin convertir esa diferencia en lo único que la definía — era mucho más difícil de lo que debería haber sido.
